Como todos los días Juan se levantó apenas despuntar el alba. Cogió su gabán y su sombrero y salió de casa para comprar el periódico. Después, tomaría café en la taberna de Zacarías y volvería a casa a tiempo de llevar al niño al colegio.
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El quiosco de Julián estaba al lado del mercado. A esas horas la plaza era ya un hervidero de actividad. Sin embargo, esa mañana no había un alma.
Inquieto, se acercó al quiosco: presentaba un aspecto lamentable. El forjado estaba oxidado, los cristales rotos y al rótulo le faltaban casi todas las letras. Se asomó dentro: vacío. Aturdido, se dispuso a volver a casa para explicarle a su mujer lo ocurrido. Lo que vio al darse la vuelta, hizo que comenzara a asustarse de veras.
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De repente, se había hecho de noche. Los edificios, las farolas, los coches... Todo era extraño. Decidió buscar un punto de referencia: “la taberna de Zacarías debería estar al final de la calle”, pensó. Al llegar un escalofrío recorrió su espina dorsal. No había ni rastro de la taberna y su lugar estaba ocupado por un enorme escaparate iluminado. En el interior, delante de un gran espejo, unos maniquíes se retorcían en forzadas poses. Entonces vio el fantasma. En el espejo, mirándole fijamente, había un anciano en pijama, calvo, arrugado, sin dientes y con los lóbulos de las orejas largos y fláccidos. Juan echó a correr pero, como si los años del viejo se le hubieran amarrado a la espalda, apenas pudo avanzar una docena de metros.
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Desfallecido, se sentó en un banco y empezó a sollozar, su propia voz le era desconocida. Reparó entonces en sus manos: parecían dos hatillos de ramas secas, llenas de nudos. Sin dejar de mirarlas emitió un quejido largo y agudo y rompió a llorar.
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Fue en aquel momento cuando escuchó su nombre. Alzó la vista y vio acercarse a una anciana. La mujer se sentó a su lado y le cogió la mano. “Ya pasó. Vamos a casa”, dijo. Y él no sabía quien era esa señora, pero sus ojos le transmitían tanta serenidad que decidió acompañarla. A medida que caminaban, como si se rompiera un hechizo, todo volvió a ser reconocible: el mercado, la taberna de Zacarías, el quiosco de Julián..
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Si se daba prisa, aun podía llegar a tiempo de llevar al niño al colegio.
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Como todos los días.
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